Archivos Mensuales: diciembre 2014

La elección del emigrado en Al- Andalus.

En la vida no hay elecciones mejores o peores,
Sí fáciles o sencillas

distopía

La elección del emigrado en Al- Andalus.
Continúo la historia de mi amigo de cartas para al Andalus.

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Había muerto el tío Mohemed en Al- Andalus, a cientos kilómetros de nuestra aldea. Mama se sentó sorprendida y triste, pero no lloro, cosa que me extraño, al escuchar la noticia que le leyó Abdul, cómo siempre que llegaban los pergaminos del tío, exiliado por motivos de trabajo en Al- Andalus, donde los interese de una empresa local le habían conducido. Nunca supimos porqué no quiso regresar. Abdul, el lector de la aldea, no sabia que decir, así le dio las condolencias a mama, recupero la voz, pausado y solemne, parecía afectado, pero no tenía porque estarlo, al fin y al cabo creo que no llego a conocer al tío Mohemed, hacía poco tiempo que se había presentado en el pueblo para sustituir al antiguo profesor. Leyó el final del pergamino…

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El tío Mohamed

Abdul hizo la tercera genuflexión y se incorporó. El murmullo de la ciudad se escuchaba lejano desde el patio de la casa del hospitalario alfaquí que le daba cobijo. Gracias al todopoderoso se respiraba algo de tranquilidad.. al menos en aquel rincón de la bulliciosa ciudad.
Había llegado de Salobreña hacía ya cuatro días, y todavía le costaba respirar en aquel hormiguero de gentes de todos los rincones del mundo. En el último tramo de camino, atravesando las pobladas villas de Alhendín y Churriana, anduvo perplejo y un poco asqueado por los olores penetrantes que se percibían. Al atravesar la puerta de Elvira, el mareo se juntó al sonido de las ruedas de carromatos, las miles de voces.. ¡Por las barbas del profeta que estuvo a punto de girar en redondo y regresar a la carrera por donde había venido!
Se lo habían advertido, pero no estaba preparado para aquella locura. ¡Desde que había puesto el pie en Al Andalus iba de un sobresalto a otro! En sus veintitrés años de vida nunca se había llevado tantos seguidos.. El usurero judío del puerto ya le había intentado engañar dándole de cambio menos dinares; mientras discutía con aquel maldito infiel, decenas de rapaces corrían a su alrededor y le obligaban a no quitar ojo y mano de la faltriquera. Luego hubo que buscar una caravana que fuera hacia la capital en aquellos días. Los guías de montaña, conscientes de que solo los locos podían emprender la travesía de las Alpujarras en solitario, se aprovechaban y cobraban abusivos precios.

Por supuesto había que tomar en cuenta que los guias peor encarados podían ser cómplices de los bandoleros de la sierra. Todo esto ya se lo habían advertido amigos y familiares que hollaron antes estas tierras de usureros y malditos de dios. ¡Pero descubrirlo en persona era un verdadero sobresalto detrás de otro!
Todo habían sido problemas y gastos imprevistos y todavía no había visto un dinar de la herencia de su “querido tío Mohamed”; ¡y ya empezaba a dudar mucho de que existiera tal herencia! El correo que habían recibido avisándoles de la muerte de su tío de Granada nada decía, por supuesto.. Esto era una apuesta arriesgada. ¡Y Abdul, como buen musulmán aborrecía el juego!. Sin embargo, el demonio de la tentación no le había dejado dormir desde aquel día. Su madre le había hablado hasta la saciedad del tío Mohamed que se había marchado al norte a hacer fortuna y “lo había conseguido luchando contra todas las adversidades, porque era un valiente..” A continuación, la retahíla de siempre, “¡En cambio, a tu padre siempre le han faltado arrestos!..” ahí era donde ya dejaba de escuchar, porque su madre tenía una lengua tan afilada como las cimitarras de los voluntarios de la Fé.

Pero no era solo lo que le contaba su madre.¡ Él había visto los regalos que mandaba el viejo desde Granada!. Recordaba cuando llegaba el correo desde Fez. Su madre se ponía tan ancha que parecía a punto de estallar. Las otras mujeres del pueblo, muertas de la envidia, se juntaban para verla recoger aquellos paquetes voluminosos y polvorientos llegados desde la lejana urbe. Luego en la casa, se completaba el ritual abriéndolos uno por uno. Con una esmerada y enigmática caligrafía , en unas tarjetas de caro pergamino, venían identificados los nombres de los agraciados. Abdul, que había dado clases de lectura del Corán con el imán del pueblo, era el encargado de leerlas.
¡El tío rico nunca defraudaba! Recordaba haber jugado todo un año con aquel caballo de madera que le envió una vez, y otros tantos juguetes. Su madre, también se alegraba mucho con los paños y afeites que amortizaba durante todo el año. La alegría duraba en la humilde alquería al menos unos días y Abdul y sus hermanos estaban a salvo de la zapatilla durante un par de semanas al menos. Su severa madre se volvía más tolerante a las travesuras, y a veces la sorprendían sonriendo y mirando embelesada hacia el norte.

Por eso estaba allí. Nunca había creído que iba a atreverse.. Sus amigos le habían advertido, “allí están siempre en guerra contra los infieles” , “es una ciudad gigantesca llena de chusma y soldados”, “los caminos de Al Andalus están llenos de maleantes y asesinos..”, “hace tanto frio, que en invierno los campos son blancos..”.
Esto último sí que lo podía confirmar. A las dos jornadas de haber partido desde Salobreña con la caravana, atravesando unos parajes rocosos, se había levantado por la mañana y todo el campo estaba helado. Era la cosa más bella que había visto, las cumbres nevadas y de intenso blanco lo saludaban a lo lejos. Había que reconocerlo, Al Andalus era más hermosa que su tierra, tan llana y seca. ¿Habría sido aquello lo que había conquistado al tío Mohamed para quedarse allí para siempre?
Pero ya casi ni se acordaba de aquellas ilusionantes sensaciones. Después de casi dos largas semanas atravesando fríos e inhóspitos parajes había llegado a aquella ciudad monstruosa, y todavía no sabía si iba a ver un dinar del dinero de su tío. Si volvía al pueblo con las manos vacías sería el hazmerreír de la aldea durante el resto de la vida que Alá tuviera a bien concederle.. Las envidiosas arpías vengarían en el hijo todos los malos ratos que les había hecho pasar la madre presumiendo de las dádivas.

De momento la cosa poco prometía.. Había acudido a la dirección del notario que le habían facilitado. Primero le habían informado de que su querido tío ya descansaba en el cementerio, al lado del rio,y en las afueras de la ciudad. Había ido primero a presentarle sus respetos. La triste lapida tenía pocos adornos, y hablaban de una vida austera, aunque no miserable al menos. “Cuida bien, desdichado, de tus actos terrenales pues serán juzgados por el Loado” rezaba el epitafio. No era muy esperanzador.
Cumplido el papel, que no le costó pues apreciaba a su tío, de apenado sobrino, había preguntado al escribano que había gestionado las cuentas de su tío por el tema pecuniario. Ambos esperaban la pregunta, y la respuesta que le había dado aquel hombre de mirada de zorro astuto y barbas canosas fue la siguiente:
“Querido muchacho, tu tío fue un hombre industrioso y temeroso de Dios. Hizo algunos negocios en los primeros años de su vida que le aportaron ingresos. Por desgracia, al llegar la vejez y acuciado por los achaques y la soledad acumuló algunas deudas que tuvo que pagar, de forma que sus últimos años fueron sencillos, y prácticamente todo su patrimonio quedó a cero con los gastos de las exequias”
Si un rayo hubiera caído a los pies de Abdul le habría causado menos trauma. ¡Lo sabía! Su maldita madre lo iba a oír. Le había llenado la cabeza de tonterías de que su tío era ahorrador, que algo habría guardado.. Había cruzado fronteras, mares, y el polvo de largos y pedregosos caminos se le había pegado a las botas. Todo para que aquel maldito usurero de ciudad hiciera que se esfumaran en un momento todas sus esperanzas.
Murmurando fórmulas de cortesía, cariacontecido, se despedía ya del perverso individuo , cuando éste , con una sonrisa de conmiseración le dijo: “bueno en realidad dejo algo..”
Abdul se dio la vuelta en redondo, ¡Lo sabía!. ¡Alá es grande y también lo era el tío Mohamed!. Bueno, eso era blasfemia,¡ pero no importaba en aquel contexto! ¿De que se trataba?!
El astuto individuo perdió algo de aplomo y pareció un poco desconcertado: “Tal vez sea para tí más una carga.. Por Alá!.. Es un perro. Me encomendó, una vez saldadas sus deudas y poco antes de entregar su alma al Hacedor, que se lo entregara a quien de su familia viniera a presentar sus respetos. Para que se hiciera cargo de él. Había pensado en regalarlo a uno de mis nietos ya que nadie venía. Pues he de decirte que me parece un animal noble..”
Abdul hizo gala de toda la educación y cortesía a los mayores que le habían enseñado en la mezquita de su pueblo, para no espetar una respuesta a aquel hombre que ofendiera al Profeta y a la memoria de su tío. Se disponía a responder, con toda templanza de que fuera capaz , que deseaba de corazón que los nietos de su muy “amable” correligionario disfrutaran de aquella bestia sarnosa e inmunda.. Cuando.. algún maldito y travieso Djinn de desierto le hizo decir:
“Está bien. Yo cuidare del animal. Es lo que el tío Mohamed habría querido”
¡Malditas frase! ¿pero por qué la dijo? Nunca lo sabría . ¿ Fueron los regalos que habían adornado su infancia?¿El recuerdo de la felicidad esporádica de su madre?. Allí estaba, a la orilla del Darro, al pie del albaicín, sentado con aquel chucho a su lado lamiéndole la mano. 800 años después lo habrían confundido con un perroflauta J. El perro no era ni grande ni pequeño, ni guapo ni feo, de color negro-grisáceo, vulgar.. Eso sí, tenía unos grandes e inteligentes ojos castaños que lo miraban con adoración después de haber compartido con él algo del condumio que llevaba le quedaba en la bolsa, cada vez menos.. Parecía que intentaba decirle algo.

-¿Qué quieres perrito? ¿Qué mensaje te dio tu amo para que me trasmitieras? ¿Dónde guardaba los tesoros? – le preguntó zumbón

Los engranajes de su mente de trabajaban. ¿Y ahora cual era el siguiente paso? ¿volver, sin más? Ni loco. El poco dinero que había invertido en la aventura se había acabado. Miró hacia las cumbres nevadas buscando la respuesta. Majestuosa en mitad de su lienzo blanco, la Alhambra de los reyes Nazaríes le fascinaba con esa belleza, como de otro mundo. ¿Le estaba diciendo algo también?
Iría a dar una vuelta por la ciudad mientras se lo iba pensando..
Todo bullía aquel día. El frío de diciembre arreciaba, las mujeres hacían acopio de mercaderías, quinques y paños, para la oscuridad de los meses invernales. Los hombres compraban aperos para el huerto y buenos cuchillos para usar en los despieces de la matanza. Abdul iba ensimismado paseando por la zona de la calle Zacatín y sus aledaños cuando unas voces lo sacaron del trance.
“¡¡¡Chiiicooo tuuuu!!! ..¡¡¡ El del peeerrooooo !!!!”
¡Casi se cae del susto! Dos hombres con apariencia de egipcios, o de quien sabe cuál de esos países del este, narices curvadas y barbas pobladas, de uno de los puestos de mercaderías lo estaban llamando!
El más mayor de los dos le sonreía pícaro . “¿De dónde has sacado a ese chucho, muchacho? ¡No me lo digas! Es un regalo o algo así, ¿no?- rió socarrón- No temas, mi nombre es Rachid Naser y yo conocía al bueno de Mohamed Abu Yasser que tenía un perro muy parecido. Aunque.. Si es el mismo perro.. ¡No me lo digas! ¿Mohamed era tu tío por casualidad ? ¡Por el Califa que tienes toda su cara! Entonces, ¿tu nombre es Abdul, o no?..”

………

Pleno verano. El calor era sofocante en la aldea de Beni Ganzhed, en el corazón del Rift. Nayla, la madre de Abdul, y hermana del “tío Mohamed”, se dirigía a la posta del correo de Fez, como todas las semanas desde hace unos meses. Intuía que las otras mujeres del pueblo la observaban desde las celosías de sus casas con cierta lástima. Todas conocían la historia de su desdichado hijo, que se había marchado hace tiempo hacia las belicosas y peligrosas tierras de Al Andalus, del que no se había vuelto a saber..

El mensajero, que ya la conocía, la esperaba hoy con una sonrisa radiante en la cara. Traía a su nombre un paquete polvoriento y una carta con esmerada caligrafía, parecida a la del tío del remitente. Las lágrimas anegaron los ojos de la buena mujer, cuando impaciente rasgó los lienzos del envoltorio.
Dentro, un hermoso abanico artesanal. De Granada